Crítica de Parecido a la Felicidad

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Al entrar a la sala, nos encontramos con una escenografía muy realista. Vemos las rasgaduras del papel mural y la ropa en el suelo. Todo está minuciosamente diseñado y nos da una impresión de que lo que veremos será una obra tan naturalista como asomarnos a la ventana de una casa de fines de los cincuenta y principios de los sesenta. Esto se rompe con el primer soliloquio de Carmina Riego. Ese momento, teatral y directo, rompe con el hiperrealismo que vemos detrás de ella. Este rasgo de modernidad, se verá enfatizado con más elementos escenográficos y de actuación que nos sorprenden a todos. (No se preocupen, no daré detalles porque vale la pena que disfruten la sorpresa).

El texto realista de Alejandro Sieveking (1959) sólo gana con la propuesta tan explícitamente teatral del director Francisco Albornoz. Los límites del escenario se borran o se botan (spoiler entre líneas) y ya no hay espacios que como público no podamos ver: las relaciones entre los cuatro personajes, Olga, su madre, el Gringo y Víctor, quedan al descubierto. Además, y aventurándome a una interpretación que advierto puede ser absolutamente personal, la presencia física permanente de todos los personajes enfatizan la presencia que todos tienen en la vida de Olga, que es la única que permanece todo el tiempo en escena. Es con estas relaciones y las presiones que todo vínculo humano conlleva que la protagonista se confunde en la formación de su identidad y, por lo tanto,  sobre lo que quiere para su vida. Parece querer aferrarse al potencial que cada personaje le ofrece para poder definir su concepto de felicidad y estos lazos la tiran y empujan a cada momento.

María Jesús Marcone logra hacernos sentir esa angustia de no saber qué hacer, especialmente cuando tienes que tomar la decisión de romperle el corazón a un hombre que te ha tratado bien y que te quiere. ¿Qué hacer cuando tu vida es normal, libre de tragedias mayores, pero sin fuegos artificiales? ¿Qué hacer cuando realmente no sabes en qué momento tienes que aceptar y simplemente conformarte con lo que tienes? Aquí es donde el Gringo (Emilio Edwards) y Víctor (Mario Avillo) le muestran a Olga dos caminos diferentes: el de conformarse y el de seguir soñando sin ninguna seguridad de lo que pueda pasar. Estoy segura de que a todos quienes tenemos veinte y tantos nos parecerá conocido este cruce de caminos.

Edwards y Avillo, a su vez, con miradas y silencios precisos nos demuestran una amistad profunda y leal. Hacia el final, la sensación de quiebre inminente es tensa y angustiante, no sólo por el triángulo amoroso, pero por la amistad que hay entre ambos. Los actores, con un control destacable de los tiempos, nos hacen partícipes de todo lo que están pensando sin decir una palabra. Es un momento mágico que sólo ocurre en el teatro cuando hay una profunda complicidad con el público… lo sentimos tanto por ellos, que tampoco podemos decir nada. Respetamos que en su situación prefieran el silencio. Entendemos y logramos sentir lo que están sintiendo.

Mención aparte merece Carmina Riego, que con su personaje logra los momentos más cómicos de la obra. En su interpretación de madre manipuladora y tremendamente preocupada de la opinión de todos sus vecinos, no necesita caer en la caricatura. Está claro que esta mujer tiene una historia propia también, pero que ha decidido definir su camino a la felicidad aferrándose a su hija y a la vida de los demás. Quejumbrosa y víctima, preocupada de que su hija conviva con un hombre sin estar casada, representa al pensamiento conservador que busca la felicidad en la estabilidad y en la moralidad aparente.

Parecido a la felicidad explora distintas relaciones en crisis a partir de un hecho tan cotidiano como la decisión de una pareja de irse a vivir juntos. Aquí no hay tragedias. Es un momento en la vida de estas personas, así como quizá tendrán muchos otros. Para el público, cada uno con sus conflictos personales y sus propias búsquedas de la felicidad, es un recordatorio de que esta nunca es completa, que no necesariamente sabemos lo que significa para nosotros, y que, además, están estrechamente vinculadas a las relaciones que formamos. Esta propuesta, me parece, es una invitación a reflexionar sobre lo dramático de lo cotidiano, de lo bueno o malo que es que no pase nada, que los días pasen con nuestras dudas, aciertos, decisiones y definiciones. No pasa nada… sólo la vida.

Dónde: Teatro Finis Terrae

Cuándo: 5 de mayo al 3 de julio de 2016, viernes a domingo.

Precios: General $7.000; Estudiantes y 3º edad $3.500

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