Crítica de La Soga

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En un teatro lleno, vemos a siete personajes interactuar en una velada que para ellos resulta extraña y emborrachadora, a veces se divierten y a veces no, porque ninguno entiende bien qué hace ahí ni cual es su rol en la pequeña fiesta. En este sentido, los diálogos resultan bastante naturales, aunque ávidos de profundidad. Notamos, como público, las pequeñas competencias de ingenio en el uso del lenguaje, tan propias del teatro inglés. Nadie parece ser muy amigo de nadie: no sabemos si quiera si esta gente se cae realmente bien o han sido relacionados simplemente por el círculo en que se mueven.

Más allá de esto, el verdadero punto de incomodidad es el muerto en el medio del salón. Este es el conocimiento del que somos cómplices. Sabemos del crimen de Alex y Benjamin desde el primer momento, por lo que el punto de tensión está puesto en el inminente descubrimiento de su plan por parte de alguno de los invitados. Alex es de una crueldad sorprendente y difícil de entender desde la óptica de la persona común. Sin embargo, la crueldad o asesinato por aburrimiento, vanidad y arrogancia, no es un tópico raro en la dramaturgia. Ya hemos visto personajes como Hedda Gabbler, de un ámbito social privilegiado y poseedores de una arrogancia que los empuja a usar su extenso tiempo libre en demostrar su superioridad intelectual en hacerle mal a otros. Personajes como estos odian la inocencia y las buenas intenciones.

El actor Jorge Arecheta logra encarnar muy bien al arrogante y despiadado personaje, de modos exagerados y temperamento cambiante. Pero el que se roba la película es Carlos Ugarte, quien hace el papel de Benjamin. Ugarte le da el tono cómico a la obra, subiéndole el ritmo y recuperando la atención del público, que a veces se pierde por la cantidad de escenas más estáticas o lentas. Demuestra su talento encarnando al personaje que podríamos considerar como el más humanizado de la obra, considerando que es el que parece reaccionar de la manera más coherente a los estímulos: siente culpa y la manifiesta con alucinaciones y temor a ser descubierto.

Las actuaciones de Anita Reeves, Samantha Manzur, Eduardo Barril y Esteban Cerda acompañan bien la acción y la intriga. Sus personajes poseen caracteres muy distintos y cada uno aporta de una manera diferente un contraste tanto con Alex como con el profesor que les enseñó sobre Nietzsche y los cuestionamientos que pueden hacerse sobre la muerte, el crimen y la moral. Rodolfo Pulgar es el encargado de llevar a la vida al profesor Cadell; personaje que aporta con los momentos de más reflexión y lenguaje más poético, pero además, cumple la función de poner en tensión a los protagonistas y al público. Sabemos que él ya olfatea algo, sólo nos queda por saber cómo resuelve el misterio y cómo enfrenta a Alex y Benjamin.

El texto de Patrick Hamilton fue modificado ciertos detalles, como el uso de nombres ingleses más conocidos que los de la obra original y el cambio de algunos personajes y referencias. De todas maneras, aún con la traducción y la adaptación, el guión permanece bastante universal e identificable a un contexto inglés de fines de los años 20. Lo que falta es quizá cumplir con la promesa del suspenso, pues me parece que hay momentos en que decae demasiado la energía o algunos diálogos no aportan a la construcción de ese conflicto ni a los temas sobre los que se busca generar preguntas. Aunque Luis Ureta hace un buen trabajo en la dirección de esta pieza, con ciertos detalles visuales destacables (como el foco que se pone los libros que cuelgan de la misma cuerda con la que fue ahorcado el asesino), creo que faltó abusar un poco más de la tensión que ya tiene el texto y sus posibilidades que tiene el llevarlas a los ojos y emociones del público.

El diseño de la escenografía (Cristian Reyes) se destaca: cuidado a la perfección y un aporte a la atmósfera. Muchas veces nos sorprende con detalles inesperados. El vestuario diseñado por Karin Ehrmann también está muy bien logrado, y nos remonta a los muy conocidos años veinte y el estilo inglés. Por otro lado, la función de la música (Marcello Martínez) es evocarnos tensión y suspenso más que localizar la acción en alguna época o espacio específico. Este último elemento ayuda a levantar las bajas de energía, trayendo nuestra atención de vuelta a lo que pasa sobre el escenario.

Dónde: Teatro UC

Cuando: miércoles a sábado, desde el 3 de junio al 30 de julio

Precios: $8.000 general; $ 6.000 adulto mayor; $4.000 estudiantes (otros precios)

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