Crítica de Oleanna

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Un profesor y una estudiante, preguntas sobre la educación, la ética, lo políticamente correcto y la comunicación. Oleanna trata muchos temas tremendamente relevantes, pero no sólo para contextos educativos o académicos, sino que en cualquier relación de poder. David Mamet hace un gran trabajo en la creación de estos personajes: ninguno es bueno o malo, ambos son detestables, pero en alguna medida ambos tienen razón. Confieso que cuando estudié esta obra en la universidad, no me pasó nada con el texto. Sí sentí desagrado por cada personaje en algún momento, pero nada de la obra en el papel me hizo sentir que quería verla puesta en escena. Esta producción me convirtió.

Catalina Martin y Marcial Tagle interpretan a estos dos personajes que nos hacen cuestionar todo durante toda la función. Ambos actores logran naturalidad en las tantas interrupciones y repeticiones de frases – tan normales en la vida real, pero que siempre suenan tan extrañas sobre el escenario. Pero lo más valorable es la forma en que los dos interpretan los cambios de estatus de poder. Los personajes sufren cambios de una escena a otra y estos tienen que ver principalmente con la relación de poder entre ellos. Esto no es algo único en una obra de teatro, pero resulta aquí especialmente notorio que ambos personajes están sujetos a distintas presiones externas, además de las que se ejercen el uno a la otra y viceversa. Esto se debe a buen trabajo del director Rodrigo Bazaes Nieto desde el texto, logrando hacer visibles las complejidades de cada personaje, pero a la vez abrazando las posibilidades que permite el escenario con los cambios de vestuario en escena.  No quiero darles muchos detalles.

Otra decisión destacable es variar con la posición del público. Somos malos en Chile para jugar con los asientos de la audiencia, en general porque los teatros son más clásicos, pero esto también ocurre en muchos estudios. En Oleanna, la propuesta de los asientos no es porque sí. Tiene que ver con que la obra nos presenta dos posiciones opuestas, donde, como ya dije, ninguno de los personajes tiene completamente la razón. Al poner público a un lado y al otro, de manera que nos enfrentamos, podemos entender que estos problemas de comunicación y los resultados para ambos, pueden ser juzgados de manera distinta dependiendo del lado en que se mire.

Pero creo que esta posición del público tiene otra consecuencia que no quiero dejar pasar. Durante la obra, hubo reacciones muy vocales de algunos miembros del público. El fenómeno es distinto a lo que me tocó ver en la función de Toc Toc a la que asistí. En este caso hubo expresiones de sorpresa, especialmente con una interjección fuerte de una mujer, pero también un “hueona facha” de un hombre cerca del final, y otro comentario similar aunque de una señora que estaba al lado mío. Esto no me había tocado verlo. Siempre hay gente que comenta, uno siempre quiere compartir su opinión sobre lo que está viendo con su acompañante, pero esas tres personas al menos, no sólo querían comentar, querían darle a conocer su opinión a Carolina (interpretada por Catalina Martin). No podría aseverar que este fenómeno ocurrió sólo por el posicionamiento del público, pero sí creo que es un factor. El texto y las actuaciones de Martin y Tagle provocan, pero si a eso le agregamos que podemos ver a nuestros pares del otro lado, viendo sus reacciones, y que no estamos escondidos en la oscuridad, se crea un ambiente propicio para la participación.

Todo en esta puesta en escena está hecho de manera impecable y coherentemente con lo provocación que entiendo se quiere lograr y el enfrentamiento de personajes, visiones y maneras de entender los hechos. Tanto la música como el diseño de luces y de escenografía contribuyen a enfatizar tanto los actos que podrían generar problemas, y que a muchos nos hacen levantar las cejas y opinar. Es una obra moderna, fresca a pesar de ser un trabajo conocido de Mamet, y, principalmente, un relevante cuestionamiento sobre la verdad, lo que consideramos que es la verdad, y que no podemos verla como una sola. Garantizo una interesante conversación o debate con sus acompañantes después de verla. A mi me dejó en conflicto: me sentí mal por no sentir que estaba apoyando a una mujer que había sido tratada con condescendencia, pero no podía defender su posición ni irme totalmente en contra del profesor, aunque presenta características machistas y no tiene consciencia de sus privilegios.

 

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