Crítica de El Último Vuelo del Cóndor

El momento previo en el camarín. Un momento privado en el que nos atacan las frustraciones, los miedos, las presiones y las expectativas. El Último Vuelo del Cóndor es el momento previo al partido que muchos chilenos tenemos en el cajón de nuestro imaginario colectivo: el Cóndor en la cancha, herido y sangrando. De héroe a tramposo con sólo una mala decisión. El Maracanazo. ¿Cómo cuentas la anti-historia del momento previo a lo que sí fue noticia? El riesgo es obvio: intentar dar explicaciones a modo de apología o, incluso, caer en un juego didáctico que busca decirle qué hacer al público.

El dramaturgo Iván Fernández Vidal evade exitosamente estos riesgos y nos presenta una posible hora de diálogo que en la vida de cualquiera podría no significar nada. Es lo que todos en el público sabemos que pasará después que hace que cada inocente frase adquiera más importancia. La imagen de un Cóndor Rojas teñido de vergüenza es inevitablemente el filtro con el que leemos la obra. Iván Fernández juega muy bien con ese conocimiento del público y logra excelentes resultados de un diálogo entre el pasado y el presente.

En cuanto a la puesta en escena, lo más destacable es la interpretación del actor Patricio Contreras – el rápido e insolente utilero que interrumpe a Roberto Rojas, interpretado por Nicolás Pavez, en su momento de concentración antes del partido. Contreras no sólo tiene las líneas más graciosas, sino que además las entrega con una naturalidad que entretiene y que le da ritmo a la obra. Es un personaje auténtico e identificable en cualquier contexto chileno y Patricio Contreras fue la mejor elección para materializarlo.

Sin embargo, algunas decisiones de esta pieza de teatro no parecen ser las mejores. Aunque hay una conciencia de la importancia de los elementos técnicos de diseño escenográfico, sonoro y de iluminación, parecen ocupar espacios separados; no comparten. Por un lado, tenemos una escenografía que nos transporta a un barrio chileno, que se puede interpretar como el contexto en Chile de los personajes, luego el segundo nivel que es el camarín en el Maracaná, donde están el Cóndor y Nelson hablando, para luego, más cerca del público, un arco de fútbol. Los tres niveles son interesantes, pero no pude evitar pensar que habían requerido de un gran esfuerzo para luego no ser más aprovechados durante la obra. Por ejemplo, las luces se usan principalmente para marcar ciertos momentos de tensión, un poco artificialmente a ratos, pero no juegan con los distintos niveles de la escenografía para encausar nuestra atención a uno u otro elemento que pueda complementar al diálogo. Esto resulta en una pieza que incluye elementos teatrales de muy buena calidad, pero que no hace que se comuniquen. Se enfoca sólo en el texto y aplana la tridimensionalidad del escenario.

Es, de todas maneras, una obra correcta e interesante que podría ser mejor lograda en cuanto a la puesta de escena y en el camino y remate hacia el final.

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